El mundo utópico del músico profesional

21 Jul 2018

 

Sé que la vida de un músico parece idílica cuando le observas sobre el escenario vestido de gala y emocionando a su público, y sé que es difícil para el que no lo ha vivido entender por qué alguien querría abandonar esa vida. Pero lo cierto es que lo que ocurre detrás del escenario y en la intimidad de la vida cotidiana es muchísimo menos glamouroso. 

 

Dejé mi puesto de violinista en una orquesta clásica hace dos años. Tocar el violín es lo único que había hecho en mi vida hasta ese momento desde que tenía 5 años. Me había identificado tanto con mi papel de violinista que para mí, mi propia esencia iba ligada al violín, no me recordaba a mí misma antes del violín y no podía concebir mi futuro sin él. 

 

Durante los últimos años fantaseaba recurrentemente con la idea de descubir cómo sería mi vida sin violín. "¿Habrá vida más allá de la orquesta?" -solía preguntarme. "¿Quién sería Adri, si no fuera violinista?". 

 

La perspectiva de dejar de tocar el violín se me antojaba parecida a tirarme por un acantilado, como una especie de suicidio parcial, era matar una parte esencial de mi persona. Recordaba las imágenes de futbolistas o ciclistas famosos deshaciéndose en lágrimas durante una rueda de prensa al anunciar su retirada de la competición. El abismo, el vacío, el final de una era.

 

La idea me producía terror, pero poco a poco mi curiosidad se volvió tan insistente que no tuve más remedio que obedecer el impulso de saltar al vacío. Fue entonces cuando abandoné la orquesta para dedicarme seriamente al desarrollo personal, que había sido mi pasión frustrada durante tantos años. 

 

Las reacciones de las personas de mi entorno fueron diversas. Unos reaccionaron con miedo, otros con enfado o con tristeza, alguno que otro con envidia... pero la reacción general fue de desconcierto. A día de hoy muchos me siguen preguntando por qué razón tiré por la ventana lo que para la mayoría es un sueño inalcanzable: ser músico profesional. 

 

No me gustaría que nadie piense que soy una inconsciente o que no valoro lo que tengo. Trabajé muy duro para llegar a donde llegué y estoy tremendamente agradecida a la vida por haberme regalado el lujazo de poder dedicarme a la música, y no cambiaría nada de lo que he vivido. Dicho esto, me sabe mal deciros que la vida perfecta y colorida del músico que tantos imaginan no existe. Es una quimera. 

 

En el fondo, trabajar en una orquesta no deja de ser un trabajo como otro cualquiera, con horarios de mierda, con jefes, con peleas constantes entre compañeros, con reuniones aburridísimas que no conducen a ninguna parte, viajes agotadores en los que no te da tiempo de visitar nada, una furiosa y absurda competitividad, y una larga lista de factores altamente estresantes. Al menos era estresante para mí. 

 

Desde luego que no todo fue sufrimiento. Los músicos sabemos disfrutar de la vida intensamente, y cuando todo va bien y todos están de buen humor, es lo más parecido al Nirvana que conozco. Las experiencias más intensas y hermosas de mi vida han ocurrido encima de un escenario (o en una sala de ensayo). 

 

Pienso que la naturaleza de esta profesión nos hace desarrollar nuestra sensibilidad de una forma extrema desde que somos niños pequeñitos, ya que nuestra tarea consiste en conectar con las emociones, tanto las propias como las ajenas, y traducirlas en sonidos. 

 

Para conseguir que todos los integrantes de una orquesta toquen al unísono y perfectamente compenetrados, tienen que ocurrir una serie de fenómenos telepáticos que son difíciles de explicar. Cuando haces música con otras personas, es indispensable e inevitable conectarte con ellas a diferentes niveles. Tienes que estar abierto a ese tipo de conexión emocional y sensorial con tus compañeros; de otra manera no funciona. Para hacer buena música hay que estar totalmente expuesto. 

 

Cuando trabajas en una oficina y tu jefe es un capullo y tus compañeros unos petardos, es desagradable y puede machacar tu estado de ánimo y disminuir tu productividad, pero puedes seguir haciendo tu trabajo a nivel mental.

 

Cuando trabajas en una orquesta, tienes que estar dispuesto a hacer "arte" a petición del jefe. Da igual si son las 9 de la mañana y has tenido una noche de perros, hay que inspirarse y crear música celestial. Tienes que conectarte emocionalmente con personas que a veces te caen bien, y a veces te provocan un enorme rechazo. Tienes que desnudar tu alma día tras día y rebuscar en tus emociones para interpretar lo que sea que otras personas han programado para esa semana. 

 

Tal vez un día llegas de súper buen rollo al ensayo, y tienes que conectar con el horror del holocausto de una pieza de Schostakovitch, o llegas deprimido porque has roto con tu pareja y te toca interpretar la frescura de una obra de Vivaldi. O tal vez has tenido una movida con un compañero y te toca interpretar un dueto romántico con él...

 

Somos en cierto modo funcionarios. Interpretamos lo que nos ordenan y no siempre nos gusta la programación. De hecho, la mitad de las obras que tocamos no nos apasionan, y algunas las detestamos francamente. Pero nos subimos al escenario y lo damos todo, así lo disfrutemos o no.

 

Dejé mi puesto y no me he arrepentido nunca. Si bien no puedo negar que hay ciertos aspectos de aquella vida que echo de menos, me compensa con creces mi creciente salud mental y la libertad que he ganado. La libertad de decidir mis horarios, de estar donde quiero cuando quiero, de permitirme dar rienda suelta a mis emociones tal como surgen, de elegir cosncientemente las personas con las que quiero conectarme mental y emocionalmente, y poder alejarme de las que no me hacen bien.

 

Dejé mi puesto, pero no la música. ¡Eso jamás! Sería como dejar de respirar, no es posible. La música será siempre una parte imprescindible de mi vida, y ahora puedo al fin darme el lujo de explorar nuevas formas de expresión musical, dejar de interpretar la música de otros y crear la mía propia. Y lo mejor de todo es que ya no necesito hacerlo por dinero, sino que lo hago por puro placer y pasión, que es como debería haber sido siempre. 

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Hola! Soy Adriana. Mi pasión es inspirar a otras personas a sacar el máximo partido a su vida.
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