No me apetece

10 Aug 2018

 

Hubo un momento de mi vida en que sentí que si seguía haciendo a diario cosas que no quería hacer, si seguía viviendo la vida que otros me habían impuesto, me moriría. 

 

No es una forma de hablar, sino que literalmente sentía que me estaba muriendo. Cada mañana que me levantaba para ir al trabajo sentía que caminaba hacia el patíbulo. Cada noche que me acostaba junto al hombre que me maltrataba sentía que corría hacia el abismo. 

 

Tomé la decisión de dejarlo todo, no por capricho ni porque soy así de aventurera. Lo dejé todo para SOBREVIVIR.

 

Tenía mucho que decir, muchas palabras que escribir, mucha música que exteriorizar, mucho amor que ofrecer... Y cada vez que tenía que interrumpir un momento de inspiración creativa para ganarme el sueldo, para esforzarme en un trabajo inútil que nadie valoraba, era como si estuviera arrojando un pedacito más de mi vida al cubo de la basura.  

 

Recuerdo salir de casa con prisas vestida de concierto con una libreta en la mano, y seguir escribiendo mis pensamientos en el autobús de camino al auditorio. Luego, con el violín en una mano y el bolígrafo en la otra, seguía escribiendo en el backstage hasta el momento mismo de salir al escenario, y a menudo pasaba el concierto entero distraída con mis pensamientos y deseando volver al camerino para ponerlos sobre el papel.

 

Sentía que un par de pensamientos puestos en palabras tenían mucho más valor que el trabajo por el que me pagaban. Algo en mi interior me decía que debía seguir capturando esas palabras, que podrían ser valiosas también para otros. Y tal vez lo eran, o tal vez no, pero lo que cuenta es la sensación que uno tiene, al fin y al cabo.

 

Esto es un ejemplo enciclopédico de lo que llamamos "vivir en incoherencia", que es lo que ocurre cuando pensamos una cosa, sentimos otra, y hacemos una tercera. Yo sentía que tenía mensajes que transmitir al mundo, pensaba que eso era ridículo, y pasaba la mayor parte de mi tiempo haciendo otras cosas que no tenían nada que ver. 

 

Más allá de esto, me fui haciendo consciente de la cantidad de incoherencias que ocurrían en todos los ámbitos de mi vida: Pasaba los días rodeada de gente que me hacía sentir mal mientras descuidaba a mis seres queridos, gastaba mi dinero en tonterías que no me servían, devoraba series de televisión para no sentirme sola, iba a sitios que no me gustaban para encajar, comía alimentos que no me sentaban bien porque otros lo hacían, suspiraba por conectarme con la naturaleza mientras me pasaba los días encerrada en mi casa, situada literalmente a minuto y medio del bosque.

 

Básicamente, hacía un montón de mierda que odiaba y no hacía casi nada de lo que me decían mis entrañas. Hasta que tomé la decisión de NUNCA MÁS hacer voluntariamente nada que no me apeteciera. Obviamente, no era tan fácil. Había obligaciones y situaciones de las que no me podía zafar de un día para el otro, pero mi decisión era firme y empecé a trabajar en mi visión algo utópica de una vida en la que no tengo que hacer nada que no me apetezca. Y ¿sabéis qué? No me va nada mal!

 

Este es un proceso que necesita tiempo, yo lo veo como un entrenamiento: Empiezas por decir NO a cosas pequeñitas sin importancia. Alguien te dice "¿salimos esta noche?", y tú dudas un momentito y dices "no, gracias". Ahí empieza todo. Después poquito a poco te ves con fuerzas de decir que no al alcohol, luego a tu relación de pareja, y un buen día te descubres diciendo no a tu puesto de trabajo. (Es lo que me pasó a mí, no significa que todo el mundo deba hacer lo mismo). 

 

¿Esto quiere decir que en mi vida todo es agradable y de color de rosa? ¡Pues claro que no! Lo que he aprendido por el camino es que se pueden hacer con ganas cosas que no son agradables. A nadie le agrada ir al dentista, pero cuando te duele una muela vas de mil amores. A mí no me da placer, por ejemplo, hacer la contabilidad mensual, pero lo hago con alegría porque sé que es bueno para mi proyecto y para mi independencia. Cualquier cosa que esté alineada con mi propósito y sea coherente, la hago con ganas aunque no me agrade especialmente.

 

A medida que me voy liberando de todo lo que no me apetece puedo ocupar mi tiempo con cosas que me llenan y me hacen feliz. A día de hoy estoy sorprendentemente cerca de hacer únicamente lo que me apetece. Y sí, eso también incluye el tabajo que me sustenta, porque trabajar duro no es incompatible con hacer lo que te gusta y te apetece. Me complace dejar aquí mi testimonio de que es posible, y ojalá alguno se sienta inspirado por mi ejemplo.

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Hola! Soy Adriana. Mi pasión es inspirar a otras personas a sacar el máximo partido a su vida.
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