El precio de los sueños

10 Oct 2018

 

Este verano ha sido una maravillosa locura. He viajado desde mitad de mayo a principios de octubre. Más de 4 meses dando tumbos con una mochila a cuestas, de aventura en aventura, rodeada de personas muy estimadas. 

 

He acampado en Girona y asistido a seminarios en Madrid. He compartido historias con mis compañeros de master en Calpe, me he sentido en casa en Stuttgart y me he paseado por las callejuelas de Sevilla, mi ciudad natal. He desayunado en Leipzig, he llorado tras una despedida en Berlin. Me he bañado en ríos gélidos de montaña y escrito largas páginas en la paz del Pirineo Aragonés. He viajado en furgoneta-camper con la mejor compañía, he visto osos pardos en un bosque recóndito de Eslovenia y he bebido el agua turquesa del manantial más puro del mundo. He compartido un taller con una querida amiga en Mallorca y me he reído sin pausa durante días con más buenos amigos en Barcelona. 

 

Cuando miro esta lista, me doy cuenta de que se ha realizado mi sueño. Al menos uno de ellos, que era tener total libertad para viajar y estar con las personas que más quiero. Mi gratitud es infinita, hacia la vida y hacia todas las personas que lo hacen posible. 

 

Al mismo tiempo, me sonrío al darme cuenta de que todo sueño tiene su precio. La verdad es que estoy agotada. Estoy feliz, y también al límite de mis fuerzas. 

 

Me resulta casi imposible mantener cualquier tipo de rutina mientras vivo de esta forma, y mi salud física se está resintiendo. No me alimento como quisiera, no descanso ni me ejercito como quisiera ni respeto los horarios de trabajo que sé que necesito. 

 

La vida del nómada digital es apasionante, ¡qué duda cabe! Pero ni de lejos tan glamourosa como Instagram nos deja pensar. Porque los problemas y dificultades inherentes a la vida y la condición humana son los mismos, tanto en la intimidad de tu casa como en el albergue más alternativo de la penúltima isla a la izquierda del Pacífico. 

 

Tengo muchos más sueños que están en proceso de construcción. Hoy soy consciente de que cada uno de ellos tiene un precio que a día de hoy desconozco, pero lejos de amedrentarme, trabajo con más ilusión que nunca en ellos, porque sé que la lección de vida que trae cada uno consigo será impagable.

 

He comprobado que está en mi mano alcanzar todo sueño que me proponga, siempre que esos sueños sean coherentes con mis valores y principios. También he comprobado que un sueño realizado siempre se siente diferente de como uno se lo imaginaba. Ni mejor, ni peor; simplemente diferente. 

 

La vida es aquello que ocurre mientras hacemos planes. Este descubrimiento me ayuda a rendirme a la incertidumbre de enfrentarme cada día a lo desconocido y a dejar de formarme expectativas. En cambio, me pongo objetivos que me motivan y me dejo sorprender por los giros inesperados que la vida me regala.

 

Me queda claro que lo que nos hace sentir vivos y felices es tener objetivos, sueños hacia los que caminar, más que el haber alcanzado ciertas metas. En el mismo momento en que alcanzamos un sueño y nos felicitamos por ello, ya estamos dirigiendo la mirada hacia el próximo objetivo. Y muchas veces, el nuevo ojetivo nos lleva en dirección opuesta al sueño alcanzado. Algunos lo llaman decepción o fracaso. Yo lo llamo enriquecerse, madurar y crecer . 

 

He alcanzado mi sueño de convertirme en nómada digital, de sentirme libre y errante por el mundo y ahora, cuando estoy en la cresta de la ola, doy gracias y ya me visualizo en la paz de un hogar estable, rodeada de los míos, cerca del bosque y del huerto. 

 

Hago una pequeña pausa para disfrutar de las vistas y continúo mi camino. Quién sabe dónde acabaré.

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