Vivir en un mundo de utopía

21 Apr 2017

“Hay que ser consciente de la realidad, y vivir con los pies en la tierra. Eres una hippie. Vives en un mundo de utopía”. - Es algo que me dicen con cada vez más frecuencia, y siempre me hace reír, pero también me hace reflexionar.

 

Hace tiempo que me siento siempre feliz, y creo haber descubierto que soy capaz de crear la vida que deseo. De hecho, creo que todos podemos, que es nuestra naturaleza, que no hemos venido a esta vida a sufrir y esforzarnos, sino a ser felices, a aprender y fascinarnos de la belleza de la Madre Tierra y de las relaciones humanas.

 

Pero estamos tan convencidos de que la vida es sufrimiento y dolor, que cuando observamos a alguien que parece feliz, automáticamente pensamos que se autoengaña, que es un inconsciente que no se entera de lo que pasa en el mundo, o que está loco. No es de extrañar, si pensamos en cómo la mayoría de nosotros hemos crecido en un entorno lleno de sufrimiento.

 

Reconozco que hace no tanto tiempo, yo misma desconfiaba de las personas felices, me irritaban los gestos alegres. Creía que la felicidad es una quimera a la que nos aferramos como si fuera un salvavidas, para no perder las ganas de vivir. Pensaba que sólo los necios pueden ser felices, y yo prefería ser desgraciada antes que tonta.

 

Es cierto que muchas personas se autoengañan para no sufrir tanto. También he pasado por esta fase de la negación. Miramos hacia otra parte para no ver todo el sufrimiento e injusticias del mundo, y en especial las de nuestra propia vida. Ésta estrategia parece funcionar durante una temporada, y francamente es un alivio. Sabes que las cosas van mal ahí fuera, pero ojos que no ven, corazón que no siente. Al menos sientes un respiro y puedes ser superficial y reírte un poco.

 

Sin embargo, tarde o temprano una incómoda sensación se apodera de tí, y no tienes más remedio que afrontar la realidad. En ocasiones, cuesta tanto salir de la negación, que el cuerpo se inventa todo tipo de síntomas y enfermedades para hacernos reaccionar.

 

¿Qué diferencia este estado de engaño pasajero de la felicidad real?

Dice Virginia Blanes: “La felicidad es un estado de serenidad sostenida”. Vamos, que la felicidad no es estar siempre eufórico y riéndose a carcajadas... La felicidad es esa paz interna inquebrantable que reina mientras experimentamos todo lo que nos trae la vida, que unas veces será alegría y otras veces será dolor.

 

La persona que se engaña, niega lo que percibe como negativo mientras busca cualquier tipo de satisfacción para distraerse de su dolorosa realidad. Se enfada mucho cuando le critican o le obligan a afrontar aquello que tanto se esfuerza por rechazar.

 

La persona realmente feliz, integra en su vida el dolor, la tristeza, el miedo. Sabe que son parte de su vida, y aprende a mirarlos de frente, los abraza y les pregunta: ¿qué queréis mostrarme? Una persona realmente feliz no está siempre contenta, pero está siempre estable.

 

Nos creamos un mundo de fantasía para protejernos de todo el dolor y las injusticias que percibimos a nuestro alrededor. Como no podemos soportarlo, huímos mentalmente a un futuro hipotético en el que todos nuestros problemas se habrán arreglado, y podremos ser felices y recibir el amor que ansiamos.

 

Creemos, además, que podemos influír en nuestro entorno para provocar ese cambio. Creemos que si me esfuerzo más puedo hacer que mi pareja me ame y deje de maltratarme, que si gano mucho dinero y me compro ese coche por fin me respetarán, que si me pongo pestañas postizas y tacón de aguja tendré más éxito con los hombres...

 

Así es como nos disociamos del momento presente, y vivimos eternamente persiguiendo un prometedor mundo de fantasía que nunca llega. Esto nos pasa al común de los mortales, y mi caso no es diferente, me he pasado 30 años soñando despierta y negando mi dolorosa realidad. Al menos tenemos nuestros sueños, eso nadie nos lo puede quitar! Pero lo cierto es que es totalmente inútil tratar de cambiar el mundo a nuestro alrededor. El único cambio real que podemos llevar a cabo es nuestra propia transformación interna.

 

También nos encanta mirar las noticias todas las mañanas para recrearnos en la miseria humana. Nos decimos que el mundo es injusto, nos llenamos de indignación y culpamos a otros. Nos quejamos, lloramos, pero no hacemos nada. Pensamos, ¿qué puedo hacer yo si en África hay guerra? Rezamos y vivimos con la esperanza de que las cosas cambien algún día.

 

Si quieres ver cambios en el mundo, ¡cambia tú! Conviértete en lo que quieres ver a tu alrededor. No habría guerras en el mundo si no estuviéramos en contínuo conflicto interno, y no nos veríamos atrapados en relaciones de abuso si nos amáramos a nosotros mismos.

 

“Vives en un mundo de utopía”, me dicen, porque no miro las noticias, porque digo que hemos venido a esta vida para disfrutar, no para esforzarnos y matarnos a trabajar. Porque confío en la vida y no me preocupo por lo que será de mí el día de mañana. Porque digo que las cosas no son buenas ni malas, sino que son lo que son y siempre tienen un propósito. Porque he tomado completa responsabilidad sobre mi vida, y no me quejo ni culpo a otros.

 

¿Vivo en un mundo de Utopía? Puede ser... Pero hoy puedo convivir con mi dolor, aceptarlo como parte de mi vida y sentirme agradecida. Y si utopía es sentir que despierto de una horrible pesadilla de desesperanza en la que he estado atrapada durante 30 años, ¡que viva la utopía!

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